La Gran Muralla China: la mayor frontera de la antigüedad

China es un país enorme con infinidad de lugares interesantes que visitar. Durante nuestro viaje en diciembre de 2015 nos limitamos a visitar Pekín. Pero no quisimos irnos del país sin acercarnos a ver una de las grandes maravillas de la humanidad: la Gran Muralla.

Construida (y reconstruida) desde el siglo V a.C. hasta el siglo XVI, la Gran Muralla está considerada la mayor obra de ingeniería creada por el hombre. Pensada para protegerse de los ejércitos invasores del norte, la Gran Muralla llegó a medir más de 20.000 kilómetros.

Hoy se mantiene en pie tan solo una pequeña parte (unos 4.000 km), en mejor o peor estado de conservación.

Eligiendo el tramo de muralla que visitar

De entre los tramos más visitados, destaca el de Badaling. Por su proximidad (está a solo 80 kilómetros) y facilidad de acceso desde Pekín, es el más popular entre los turistas.

Mutianyu es otro tramo de muralla bastante visitado. También está cerca de Pekín, aunque no está tan masificado como Badaling. En Simatai se encuentra un tramo de muralla apenas restaurado. Los paisajes abruptos y escarpados hacen que recorrer este tramo de la Gran Muralla no sea apto para cualquiera. Precisamente por eso está a salvo del turismo de masas y puede suponer una experiencia única para el que se anime a acercarse hasta allí.

Nosotros nos quedamos en Badaling (a pesar de ser el tramo más turístico) por razones meramente logísticas. Aunque en verano el lugar es prácticamente intransitable por la cantidad de gente que hay, yendo en plena temporada baja tuvimos suerte y no encontramos demasiada gente.

Badaling tiene la gran ventaja de que está muy bien comunicado con Pekín y es facilísimo llegar. Además, como en invierno anochece temprano, no queríamos perder más tiempo del estrictamente necesario en los desplazamientos.

Cómo llegar hasta Badaling

El tren hacia Badaling sale de la Beijing North Railway Station. Para llegar hasta allí tan solo hay que coger el metro hasta la parada de Xizhimen (líneas 2, 4 y 13).

Una vez en Xizhimen salimos a la superficie y frente a nosotros tenemos la Beijing North Railway Station. La taquilla donde venden los billetes está en el exterior de la estación. La mujer que nos atiende no habla inglés, pero con las tres palabras mágicas “two tickets Badaling” nos entiende a la primera. Por si acaso, llevamos escritas en chino las palabras “Badaling”, “billete” e “ida y vuelta”(¡gracias, traductor de Google!) en un trozo de papel.

La mujer nos dice por señas que solo se vende el billete de ida, que el de vuelta lo tendremos que comprar en la estación de Badaling. Ahora solo falta elegir la hora de salida del tren. Nos enseña una tabla con todos los horarios. El que sale en breve ya está completo, así que tenemos que comprar los billetes para el siguiente tren, que no sale hasta las 10:57 horas. Solo son las 9:05, por lo que tenemos por delante una larga espera.

Los billetes nos han costado solamente 6 yuanes por persona. En total (entre la ida y la vuelta) nos gastaremos 24 yuanes (unos 4 euros), lo que nos parece baratísimo.

Esperando el tren en la Beijing North Railway Station

Al bajarnos en la parada de metro de Xizhimen hemos aprovechado para comprarnos unos baozi para desayunar. Tras localizar unos asientos libres en la sala de espera de la estación de tren, aprovechamos para comérnoslos.

Los baozi son unos bollos al vapor, calentitos y blanditos, que están absolutamente deliciosos. Los que hemos comprado están rellenos de carne. Son omnipresentes a la hora de desayunar y muy baratos.

Mientras esperamos a que anuncien nuestro tren (el S209) nos entretenemos contemplando el ir y venir de la gente. La estación es muy nueva y moderna, y está muy limpia y cuidada. No hay problemas de comprensión, ya que en la enorme pantalla que hay encima de la puerta de acceso a los andenes aparecen todos los trenes muy bien señalizados.

Hasta que no anuncian el tren correspondiente, no está permitido el acceso a los andenes. Cuando llega nuestro turno vemos que la gente empieza a correr como loca hacia el tren, a pesar de que aún falta media hora para la hora de salida. No entendemos el motivo, así que nosotros seguimos andando con calma. Después descubrimos que lo hacen para coger un buen sitio, ya que los asientos no son numerados.

Un entretenido viaje en tren

El tren nos sorprende muy gratamente. Lo que más nos llama la atención es lo amplísimo que es. Entre nuestros asientos y los de enfrente hay tanto espacio que casi cabría otra fila más. Nos parece inaudito que en un país tan superpoblado y en un tren que lleva a un lugar tan turístico y masificado, no se hayan propuesto aprovechar hasta el milímetro el espacio disponible en cada vagón. Como resultado, viajamos comodísimos durante la hora y veinte minutos que dura aproximadamente el viaje.

A punto de salir de la estación.

Mientras esperamos a que arranque el tren (sale muy puntual) una empleada reparte entre los pasajeros unas láminas de plástico con imágenes de paisajes y animales en tres dimensiones. Después empieza a dar una larguísima charla, suponemos que para intentar venderlas. Algunos pasajeros pican y compran alguna, pero la mayoría no hacen ni caso.

También hay un par de hombres (uno con un carrito y otro con una bandeja) que se dedican a pasearse arriba y abajo vendiendo palomitas y otras cosas de comer y beber. Van dando voces por el pasillo y se los oye desde el vagón de al lado. Lo que no vemos por ningún lado es a un revisor, y a nosotros nadie nos pide el billete en ningún momento.

Llegando a Badaling

Al principio del viaje, mientras salimos de la zona urbana de Pekín, el paisaje es espantoso. Pasamos entre grandes barrios de enormes bloques de pisos que se ven apretujados y claustrofóbicos. Estos bloques se van alternando con otras zonas en las que abundan las chabolas de la peor calidad. Todo ello está salpicado por carreteras y autopistas, además de polígonos de tiendas y almacenes que no le añaden ningún atractivo precisamente.

Pero cuando ya nos vamos acercando a Badaling el paisaje da un gran cambio. Empezamos a circular entre montañas y bosques, que ahora están sin hojas porque es invierno. De repente, aparece ante nosotros la muralla, que se encarama por las montañas que nos rodean y hace que todos los pasajeros nos emocionemos.

Pasamos de la ciudad a la montaña, y eso se nota.

Finalmente llegamos a la estación de Badaling, que es minúscula y horrorosa. Antes de dirigirnos a la muralla, aprovechamos que no hay apenas nadie para comprar ya los billetes de vuelta. Así no nos tendremos que preocupar de ello después ni tendremos que ir mirando el reloj por si se nos hace tarde. Los compramos para el tren que sale a las 17:33 horas.

Un breve paseo hasta llegar a la Gran Muralla

Una vez terminado este trámite, salimos a la calle y nos toca caminar entre 15 y 20 minutos para llegar hasta la entrada a la Gran Muralla. Vamos siguiendo a la demás gente, ya que está claro que todo el mundo va al mismo lugar (entre otras cosas porque allí no hay absolutamente nada más que ver).

Aquí hace mucho viento y un frío tremendo. Menos mal que el día anterior me compré unos guantes nuevos, y César aprovechó para comprarse un gorro forrado de pelo que le cubre incluso las orejas y es muy calentito.

Si no fuera por los guantes y los gorros nos hubiéramos congelado.

Las indicaciones para encontrar las taquillas donde comprar las entradas son un tanto confusas. Unas chicas chinas que nos ven un poco despistados y hablan inglés nos dan indicaciones y nos animan a seguirlas, ya que ellas van al mismo sitio que nosotros (aunque incluso ellas tienen que parase a preguntar a un empleado que hay por allí).

Hay un teleférico para llegar a lo alto de la muralla, pero a causa del viento hoy está cerrado así que, queramos o no, vamos a tener que ir caminando todo el tiempo.

La enormidad de la Gran Muralla

Después de comprar las entradas (35 yuanes por persona) pisamos el primer escalón de la mítica Gran Muralla China.

Este tramo es el que está más restaurado y adaptado al visitante. Quizá esto lo desmerece un poco, pero aún así es algo magnífico de ver. Al ser temporada baja, no hay mucha gente y podemos disfrutar tranquilamente de la visita.

La Gran Muralla China

Nada más acceder, la Gran Muralla se extiende a izquierda y derecha. En el tramo de la izquierda parece que hay menos gente, así que empezamos la visita por allí.

La subida no es poca, y en algunos tramos la pendiente y los escalones son tan empinados que da un poquito de miedo caerse. Se hace necesario agarrarse bien a la barandilla que hay instalada. Afortunadamente no hay nieve ni hielo en el suelo y brilla el sol en un cielo azul completamente despejado.

En algunos momentos parece que estés subiendo casi en vertical. Y la altura de los escalones tampoco ayuda: ¡algunos llegan hasta la rodilla!

Cada cierta distancia se alza una torre de vigilancia. Aunque podría parecer lo contrario, dentro hace incluso más frío y más aire que fuera.

Con tanto viento parece que vamos a salir volando.

Después de caminar un buen trecho y de hacer muchas fotos, nos acercamos a la entrada y nos dirigimos hacia el tramo de la derecha.

Aquí es donde hay más turistas. Nos quedamos en los primeros metros y hacemos unas pocas fotos más. Finalmente damos por terminada nuestra visita a la Gran Muralla tras permanecer en ella durante una hora y media.

Ha sido una experiencia de lo más interesante. Ver cómo la muralla serpentea entre las montañas y se pierde en la lejanía, sabiendo que se extiende durante cientos y cientos de kilómetros, es impresionante. Su enormidad impone respeto.

Una parada para comer algo

Al terminar la visita todavía falta mucho para que salga el tren y aún no hemos comido. Entre la estación y la entrada a la muralla hay un montón de tiendas de recuerdos y de pequeños restaurantes. A esta hora todo está medio desierto. La mayoría de gente ya se ha marchado o todavía está visitando la Gran Muralla.

Finalmente elegimos un minúsculo restaurante dudosamente limpio y donde al parecer no saben lo que es la calefacción. Sin quitarnos los abrigos, pedimos dos tazones de caldo. Lleva fideos, carne de ternera, cebolleta y cacahuetes, y resulta estar muy bueno y, sobre todo, muy calentito.

Esperando el tren de vuelta a Pekín

Después de comer nos vamos ya hacia la estación de tren. Está anocheciendo y hace un frío que pela, y tampoco hay nada más que ver en este lugar. En la estación ya hay bastante gente esperando el tren, aunque tenemos suerte y podemos encontrar dos asientos libres.

Al parecer todos los que estamos allí vamos a Pekín. Pero cuando aún faltan unos 45 minutos para que llegue el tren, la gente ya se empieza a poner de pie y a hacer cola. Nos parece un tanto absurdo pero acabamos contagiándonos de la estupidez colectiva y terminamos de pie y apretujados esperando a que nos dejen salir al andén.

Cuando abren las puertas el tren está a punto de llegar y la gente se vuelve medio loca entre carreras y empujones. En el andén el frío es espantoso, no podemos parar de tiritar. Finalmente conseguimos subir al tren sin más percances y entramos rápidamente en calor. El viaje de vuelta es bastante aburrido. Al ser de noche no podemos entretenernos mirando por la ventanilla.

Cenando en el mercado nocturno de Wangfujing

Cuando llegamos a Pekín ya son las siete y cuarto de la tarde. Decidimos ir a cenar otra vez al mercado nocturno de la calle Wangfujing.  Allí aprovechamos para comprar algunos regalos más.

Mientras estamos de pie comiendo un rollito vegetal nos damos cuenta de que hay un pequeño escenario al final de la calle. Hay un actor vestido de mujer está interpretando un poco de ópera china. Parece el reclamo de algún restaurante, pero no deja de ser algo curioso de ver y nos acercamos a hacerle algunas fotos.

Tras la cena vamos al hotel a tomar nuestro merecido descanso después de un largo día. Todavía tenemos por delante un par de días más en Pekín llenos de rincones por conocer.

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