El Palacio de Verano: un remanso de paz lejos de la ciudad

Palacio de Verano

Es nuestro sexto día en Pekín y tenemos pendientes todavía muchas cosas que ver. Entre ellas está el Palacio de Verano, una de las visitas imprescindibles si se viaja a la capital china. Además, es 31 de diciembre y nos parece una forma estupenda de despedir el año.

De paseo por el Palacio de Verano

Pensado como lugar de retiro estival, el Palacio de Verano era donde el emperador descansaba del calor y la humedad del centro de Pekín durante los meses de verano. El emperador Qianlong ordenó su construcción en 1750 y desde entonces se ha reconstruido en varias ocasiones.

Con sus casi 300 hectáreas es el jardín imperial más grande de China. Su inmenso tamaño hace que se necesite casi un día entero para visitarlo en su totalidad. La mayor parte del Palacio de Verano lo ocupa el lago Kunming. Por el resto del recinto se reparten multitud de salones, palacios y templos.

El lago Kunming está totalmente helado. A lo lejos destacan la Torre del Incienso Budista y el templo del Mar de la Sabiduría.

Nosotros llegamos después de un trayecto de más de media hora en metro. El Palacio de Verano está al noroeste de la ciudad, a unos 15 km del centro. Nos bajamos en la estación de Beigongmen (línea 4), situada junto a la entrada norte del parque. Tras pagar la entrada (50 yuanes por persona) nos adentramos en el Palacio de Verano, que va a terminar siendo uno de nuestros rincones favoritos de Pekín.

La calle Suzhou

Nada más entrar nos topamos con una reproducción a escala real de una calle del pueblo de Suzhou, situado en la provincia de Jiangsu. Así el emperador se podía pasear por allí simulando estar en una calle comercial siempre que le apetecía.

Palacio de Verano

La calle, atravesada por un canal completamente helado, tiene un recorrido circular en un único sentido. Los edificios se han convertido en tiendas y restaurantes, que ahora en invierno están prácticamente todos cerrados.

También hay un par de bonitos puentes que hay que cruzar para ir de un lado de la falsa calle al otro.

Una barca ha abierto un camino en el canal helado.

Tras hacer muchas fotos de los alegres y coloridos edificios que componen la curiosa calle, que está bien adornada con farolillos y banderines, seguimos adelante con la visita al Palacio de Verano.

El templo del Mar de la Sabiduría

Después de dejar atrás la calle Suzhou atravesamos una pequeña zona arbolada. Y de repente aparece ante nosotros el templo budista del Mar de la Sabiduría. Se alza imponente frente a nosotros desde la cima de la Colina de la Longevidad.

Tiene un estilo único, distinto a lo que hemos visto hasta ahora, y nos gusta muchísimo.

Antes de subir las escaleras que conducen al templo aprovechamos para desayunar. En la explanada que hay frente a las escaleras hay varios puestos que venden comida y bebida. Compramos un par de baozi rellenos de carne y nos los comemos allí mismo de pie.

Tras este enorme muro rojo están las escaleras que conducen a la cima de la Colina de la Longevidad.

A continuación subimos por las escaleras hasta acceder al templo del Mar de la Sabiduría. Comprobamos que está formado por distintas edificaciones que se conectan a través de varios tramos de escaleras. En los jardines que las rodean hay montañas artificiales de roca con túneles y pasillos a modo de cuevas.

Detalle de los ornamentados tejados.

La edificación principal, que es la que da nombre al templo, tiene la fachada entera recubierta de bonitos azulejos. En colores amarillos y verdes, tienen representada la figura de Buda en relieve.

El Templo del Mar de la Sabiduría.
Detalle de uno de los azulejos que recubren el templo.

En el interior del edificio, en medio de una gran penumbra, hay una gran estatua budista frente a la que hay varias personas rezando.

La Torre del Incienso Budista

Siguiendo nuestro recorrido en dirección sur, nos topamos con la bellísima Torre del Incienso Budista (Foxiangge). La torre tiene cuatro plantas y una bonita galería cubierta a su alrededor.

Detrás de la torre, en lo alto de la colina, se puede ver el templo del Mar de la Sabiduría.

Precisamente en esa galería nos encontramos con una sesión de fotos profesional a una chica que va vestida con la ropa tradicional y a la que aprovechamos para fotografiar nosotros también.

La torre tiene 41 metros de altura y se levanta sobre una base de 21 metros, lo que la convierte en un mirador espectacular desde el que contemplar el lago Kunming y sus alrededores.

¿Para qué rodear el enorme lago si puedes cruzarlo directamente por en medio?
Admirando las vistas a través de la celosía de las ventanas.
Una de las estatuas que hay en el interior de la torre.

Un gran entramado de escaleras y galerías cubiertas nos permite bajar hasta el nivel del lago, en medio de un gran complejo de edificios que resulta un tanto laberíntico.

Resulta ser el Salón de la Benevolencia y la Longevidad. Además de contener un elaborado trono para el emperador, en sus jardines hay varias estatuas de bronce y unas enormes rocas traídas expresamente que simbolizan la longevidad.

Esta parte del Palacio de Verano no nos parece tan interesante como el templo del Mar de la Sabiduría y la Torre del Incienso Budista, que nos han encantado.

Caminando sobre el lago helado

Ya hemos observado sorprendidos que hay gente caminando por el lago helado. Lo atraviesan en toda su enorme extensión para ir de una orilla a otra y acortar camino.

Nos parece un tanto arriesgado, pero es obvio que para la gente es algo de lo más normal y seguro. César se atreve incluso a imitar a los pekineses y no se quiere ir sin pisar el lago Kunming helado.

A través del Gran Corredor, un pasillo techado con unas pinturas decorativas muy bonitas, nos acercamos a la orilla este del lago. Desde allí vamos dando un paseo hasta el Puente de los Diecisiete Arcos, que une la orilla del lago Kunming con la isla de Nanhu.

El puente es de piedra blanca y tiene 150 metros de longitud, y una multitud de figuras de leones lo decoran. En el puente vemos a varios ancianos con cometas a la espera de que se levante algo de viento para poder hacerlas volar. Tras cruzar el puente damos un breve paseo por la pequeña isla, en la que se encuentra el Templo del Rey Dragón, nada destacable.

Durante nuestro paseo por el Palacio de Verano nos encontramos a este señor practicando caligrafía china bajo la atenta mirada de los visitantes.

Agotados y hambrientos

Sin apenas darnos cuenta han ido pasando las horas mientras paseábamos por el Palacio de Verano. Son las tres y media de la tarde y no hemos comido nada desde el desayuno. Estamos realmente muertos de hambre y agotados de tanto caminar.

Por si fuera poco no somos capaces de encontrar el famoso Barco de Mármol de la emperatriz Cixi porque nuestro mapa no es muy bueno. Aunque es uno de los rincones más bonitos del Palacio de Verano, al final nos marchamos sin haberlo visto. Lo malo es que después nos damos cuenta de que lo hemos tenido muy cerca todo el tiempo. Pero ya no hay tiempo para lamentaciones y decidimos volver al centro de Pekín medio desfallecidos por el hambre y el cansancio.

De compras por la calle Liulichang

Tras coger el metro de vuelta, nos bajamos en Tiananmen West. Vamos en busca de un restaurante de dumplings sobre el que hemos leído buenas recomendaciones en internet. Supuestamente está junto a la Ciudad Prohibida, pero no encontramos la dirección que llevamos anotada por más que buscamos.

Muy decepcionados y hartos de tanto dar vueltas, renunciamos al restaurante y decidimos acercarnos a la calle Liulichang, nuestra siguiente parada.

La calle Liulichang es una calle cultural, con tiendas especializadas en caligrafía, antigüedades y pinturas. Las tiendas son de calidad, no son para turistas sino donde artistas y coleccionistas van a comprar materiales. Es una calle muy bonita, con las típicas casas bajas de ladrillo gris de los hutong pero muy cuidadas y bien conservadas.

Un paseo agotador

Desde Tiananmen West optamos por ir caminando hasta allí porque no parece estar demasiado lejos. Resulta ser un grandísimo error. En circunstancias normales hubiera sido una caminata larga, pero con hambre y un dolor de pies insoportable, se convierte en una auténtica pesadilla. Nos parece que llevamos una eternidad andando sin llegar nunca a la dichosa calle. A todo esto, son ya las cinco de la tarde y seguimos sin haber probado bocado desde el desayuno. El desánimo hace mella en nosotros y a punto estamos de darnos media vuelta y coger un taxi que nos lleve al hotel.

Por suerte no lo hacemos, porque en unos pocos minutos llegamos finalmente a la calle Liulichang. Es preciosa, pero está completamente desierta. Quizá es porque ya es bastante tarde, pero no hay ni un solo turista (ni apenas ningún chino tampoco).

Un mercado en plena calle

Mientras caminamos mirando escaparates, vamos como locos buscando algún lugar donde comer, pero no hay ni uno solo. Al poco rato, mi olfato se pone en alerta. Me llega olor a comida, y mi nariz nunca falla. Efectivamente, al llegar al final de la calle y girar a mano izquierda, vemos un montón de tiendecitas y puestos de comida en un callejón del hutong.

No hay ni un solo occidental y en las tiendas hay vecinos del hutong comprando fruta, pescado, legumbres, carne y cualquier otro tipo de comida que se os ocurra. La gente nos mira con cierta curiosidad, como si no supieran muy bien qué hacemos allí.

En una pescadería tienen cajas en el suelo donde los peces, vivos, esperan a que alguien los compre. El olor es bastante intenso, pero todo parece bastante fresco.

En un par de carnicerías tienen un montón de lo que parecen salchichones colgados de ganchos. No tenemos ni idea de qué tipo de carne llevan, pero al menos su aspecto nos resulta de lo más familiar.

En uno de los puestos, que es una panadería, venden una especie de empanadas o tortas rellenas de verduras que están para chuparse los dedos. Primero compramos un par, y como nos gustan tanto compramos tres más de distintos sabores.

Una auténtica delicia. No pudimos evitar repetir.

Y a continuación vemos a una mujer que tiene una pequeña parrilla de carbón donde asa carne y verduras al momento. Nosotros elegimos un par de salchichas (una de ellas parecida a un frankfurt) y un rollito de algo parecido al jamón cocido relleno de setas. Todo viene en pinchos de madera para poder comerlo cómodamente. Esperamos pacientemente mientras se termina de cocinar y después nos lo comemos, disfrutando mucho porque está todo riquísimo.

Bueno y barato

Resulta ser una cena excepcional, tanto por lo barata que resulta como por lo buena que está. Por 27 yuanes (menos de 4 euros) hemos comido cinco empanadas rellenas de verduras y tres pinchitos. Además, pasear por este mercado ha sido una gran experiencia.

Echando un vistazo al Mercado de la Perla

Ahora ya es de noche y volvemos por la calle Liulichang hasta la parada de metro de Hepingmen, que es la que nos queda más cerca. Como aún es relativamente temprano, y tras el fiasco del Mercado de la Seda de hace unos días, nos acercamos hasta el Mercado de la Perla a ver si encontramos alguna ganga que comprar.

El Pearl Market es un pequeño centro comercial con montones de puestos de ropa, calzado, bolsos y electrónica. Se nota a la legua que los productos son falsificaciones. La calidad en general deja bastante que desear, especialmente si lo comparamos con el Mercado de la Seda. Además, cierra a las siete y ya casi es la hora, así que nos damos un paseo rápido esquivando a las dependientas pesadas. Finalmente nos vamos sin comprar nada, aunque parece que los demás turistas que hay por allí han tenido más suerte que nosotros a juzgar por sus bolsas llenas de cosas.

Una Nochevieja muy tranquila

Hemos tenido un día tan agotador que no tenemos ganas de hacer nada especial para celebrar el fin de año. Tampoco es que nosotros seamos mucho de celebraciones, así que optamos por quedarnos en el hotel y prescindir de las festividades de Nochevieja. Nos hemos traído desde España un par de latas de esas que traen doce uvas peladas y sin pepitas, para cumplir con la tradición.

De todos modos tampoco hemos logrado averiguar en qué lugar se celebra el cambio de año. Una vez se hizo un castillo de fuegos artificiales en el Templo del Cielo, pero hemos sido incapaces de encontrar información en internet sobre los festejos previstos para este año. Después, mientras vemos la tele, descubrimos que había un espectáculo de luces en la Ciudad Prohibida. No sabemos si había que tener invitación o si había que pagar entrada. Pero con solo pensar en tener que estar allí de pie pasando frío, nos alegramos de habernos quedado en el hotel.

Después de las campanadas (que nos pillan ya medio dormidos) nos acostamos tras uno de los días más agotadores de todos los que hemos pasado en Pekín.

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