De paseo por Roma: los tesoros del Vaticano

Vaticano

Pocos lugares hay en el mundo que oculten tantos secretos y riquezas como el Vaticano. Situado en pleno centro de Roma, esta diminuta porción de territorio es en realidad un Estado independiente desde 1929. Fue en esa fecha cuando se llegó a un acuerdo con Italia para otorgar a la Ciudad del Vaticano este estatus. Recuperaba así la soberanía que habían perdido los Estados Pontificios en 1870 durante el proceso de unificación de Italia.

Maqueta del Vaticano expuesta en los Museos Vaticanos

En el lugar donde se asienta hoy en Vaticano fue donde San Pedro fue crucificado y enterrado, convirtiéndolo en el centro de la cristiandad. Sobre su tumba se construyó una primera basílica que fue derribada y construida de nuevo a partir de 1506, dando lugar a la magnífica Basílica de San Pedro que se puede admirar hoy en día. El Vaticano alberga la Santa Sede, que es la máxima institución de la Iglesia católica. El Papa es el jefe de Estado, así que se trata de una teocracia en toda regla.

Este diminuto Estado es uno de los más poderosos del mundo, ya que ejerce muchísima influencia sobre otros muchos países. Sus intereses marcan el destino de cientos de millones de personas de todo el mundo. Y eso a pesar de que el Vaticano cuenta con menos de un millar de habitantes. Podríamos hablar largo y tendido sobre este tema. Pero por muy contrario que uno pueda mostrarse acerca de ello es indudable que a nivel arquitectónico y artístico el Vaticano es una de las grandes joyas del mundo. Así que dejando nuestras opiniones a un lado vamos a hacer un repaso a todas las maravillas contenidas dentro de sus fronteras.

Los Museos Vaticanos: un patrimonio de un valor incalculable

Nuestra visita a la Ciudad del Vaticano la empezamos por los Museos Vaticanos. Este complejo museístico es de unas dimensiones colosales. Es tan grande que se hace necesario hacer una selección previa, decidiendo lo que a uno le interesa ver. De lo contrario podríamos pasar allí todo el día y no terminar de verlo todo.

Vistas de la cúpula de la Basílica de San Pedro desde una de las salas de los Museos Vaticanos

Os recomendamos encarecidamente comprar las entradas con antelación en la página web oficial del museo. Las colas que se forman en las taquillas son inmensas. A no ser que tengáis mucho tiempo libre y no os importe perder entre una y dos horas esperando para entrar, hacednos caso y llevad las entradas compradas de antemano. Es más caro, es cierto. Pero los 4€ extra que se pagan por hacer la gestión online van a terminar siendo una de las mejores inversiones de vuestra vida.

La entrada anticipada online os evitará hacer cola para entrar. Pero no hará que el resto de visitantes desaparezcan por arte de magia

Durante vuestra visita a los Museos Vaticanos deberéis armaros de paciencia. Hay que asumir desde el principio que habrá gente por todas partes. Mucha gente. Cientos de turistas despistados que van como borregos, mirando sin ver, tan solo en busca del santo grial del museo: la archifamosa Capilla Sixtina. Si no os aclaráis con el mapa que os darán a la entrada, no pasa nada. Tan solo tenéis que seguir a la muchedumbre y la encontraréis sin dificultad. Si, por el contrario, os interesa el arte y queréis sacarle partido a vuestra visita, será mejor que os toméis las cosas con calma.

Un recorrido por los mejores tesoros artísticos del Vaticano

Los Museos Vaticanos no solo contienen obras de arte magníficas, sino que son en sí mismos una maravilla artística. No sabréis hacia donde mirar: suelos, paredes, techos… No hay un solo rincón que no esté decorado con exquisitos murales, tapices, cuadros, esculturas o antigüedades. Además de disfrutar del interior del museo, también podréis salir al exterior y admirar las vistas desde una amplia terraza o dar un paseo por el Patio de la Piña.

Giotto, Rafael, Miguel Ángel, Caravaggio, Tiziano o Leonardo da Vinci son algunos de los pintores que alberga la Pinacoteca del Vaticano. Pero no penséis que aquí acaba todo. El arte moderno también tiene cabida en los Museos Vaticanos. En una zona muchísimo menos concurrida encontraréis obras de Dalí, Picasso, Kandinsky, Van Gogh, Gauguin, Chagall o Klee, entre otros.

También os quedaréis maravillados al pasar por las estancias de Rafael, la Galería de los Tapices o la Galería de los Mapas, entre muchos otros rincones de especial relevancia. Pero sin duda la que se lleva la palma es la Capilla Sixtina.

Galería de los Mapas

La Capilla Sixtina: el lugar más visitado de los Museos Vaticanos

Se trata de la obra cumbre de Miguel Ángel y no hay palabras para describir semejante maravilla. Tampoco tenemos fotos, ya que incomprensiblemente es el único lugar de los Museos Vaticanos donde está prohibido hacerlas. Seguramente sea para agilizar un poco el paso de los visitantes y evitar que la gente se quede allí parada mucho rato.

Ya os podéis imaginar la cantidad de personas que pasan por ese lugar en concreto a diario. No cabe un alfiler. Es un poco agobiante, sinceramente, pero al levantar la vista hacia el techo uno se olvida de todo. Por fin podemos admirar de primera mano la famosa Creación de Adán. Es una de las nueve escenas del Génesis que Miguel Ángel representó aquí. La visita es más breve de lo que nos gustaría, pero una empleada del museo de lo más malencarada no deja de meternos prisa, además de estar todo el rato pidiendo silencio y tocando las narices en general.

Abandonamos el museo bastante cansados después de dedicarle toda la mañana completa. Podríamos haber seguido muchas más horas allí dentro. No obstante, disponemos de una cantidad de tiempo limitada y aún nos quedan muchas más cosas que ver en la Ciudad del Vaticano. La rampa en forma de doble espiral que nos lleva hasta la salida es de una gran belleza arquitectónica. También lo es la enorme claraboya octogonal que la llena de luz.

El corazón del Vaticano: la Plaza de San Pedro

Ya es la hora de comer, así que hacemos una breve pausa antes de seguir con las visitas programadas para hoy. Como no queremos pasarnos del presupuesto establecido, optamos por organizar un “picnic” en la cercana Piazza del Risorgimento. No es un lugar particularmente tranquilo (de hecho, hay bastante tráfico) pero al menos hay bancos para sentarse. En un supermercado cercano compramos un poco de pan de pizza con tomate y lo acompañamos con algo de embutido italiano: bresaola y pancetta.

Con la barriga llena nos dirigimos hacia la impresionante Plaza de San Pedro, de enormes dimensiones y una de las más hermosas que hemos visto nunca. Su diseño es obra de Bernini y no puede ser más espectacular, tanto por su tamaño como por su forma y simetría. Esta plaza ovalada está flanqueada por dos hileras dobles de columnas de mármol de forma semicircular. Son de una gran sencillez y sobriedad, sin apenas ornamentaciones. En su parte superior, 140 estatuas de santos parecen velar por los miles de feligreses que acuden aquí a diario.

La cúpula de la Basílica de San Pedro vista desde la plaza

El centro de la plaza lo ocupa un gran obelisco egipcio, con una fuente a cada lado. Buena parte del espacio está vallado y ocupado por sillas. De hecho, al pasar por aquí a primera hora de la mañana de camino a los Museos Vaticanos estaba todo lleno de gente. Creemos que quizá era para asistir a alguna ceremonia o misa, pero la verdad es que no llegamos a averiguarlo.

La grandiosidad de la Basílica de San Pedro

Junto a la columnata del lado norte de la plaza empieza la cola para entrar en la Basílica de San Pedro. Es larguísima, pero no os preocupéis porque avanza bastante deprisa. Antes de poneros a la cola es mejor que os aseguréis de que vais vestidos con la suficiente “corrección” o no os dejarán entrar en la iglesia. En Roma, como en muchos otros lugares de Italia, son bastante estrictos en cuanto a la vestimenta apropiada a la hora de entrar en cualquier templo católico. Así que ya sabéis: nada de camisetas de tirantes o sin mangas, ni pantalones cortos o faldas por encima de la rodilla.

La entrada a la basílica es totalmente gratuita, aunque habrá que pagar si queréis subir a la cúpula. Una vez dentro nos quedamos asombrados por su grandiosidad. No en vano es la iglesia cristiana más grande del mundo. Sus dimensiones no os dejarán indiferentes, os lo aseguramos. El diseño de la basílica fue encargado a Bramante y su construcción se inició en 1506. Tras su muerte el proyecto pasó a manos de Rafael. Cuando Rafael falleció, y tras la participación de muchos otros arquitectos, terminó recayendo en Miguel Ángel. Es a él a quien debemos la gran cúpula que se sitúa sobre el altar mayor, la más alta del mundo. En diámetro tan solo la superan la del Panteón y la de la catedral de Florencia, de la que os hablamos en este otro post.

El legado de Miguel Ángel y Bernini en la Basílica de San Pedro

Pero la aportación de Miguel Ángel a la Basílica de San Pedro no se limita a su genio como arquitecto. Aquí podréis admirar una de sus esculturas más conocidas: la Piedad. Para contemplarla os tocará hacer cola y dar algún que otro codazo a causa de la cantidad de gente que se agolpa enfrente. Está protegida por un cristal después de que en 1972 sufriera un ataque que le ocasionó serios desperfectos.

A otro genio de la escultura como Bernini le debemos el impresionante baldaquino de bronce macizo que se sitúa directamente bajo la cúpula de Miguel Ángel. De estilo barroco, para su construcción se necesitó tal cantidad de este material que se mandó fundir todos los bronces que decoraban el pórtico del Panteón para reutilizarlo en el baldaquino.

También de Bernini es la Cátedra de San Pedro, situada en el presbiterio justo detrás del baldaquino. Una hermosa vidriera con la paloma del Espíritu Santo atrae todas las miradas. Cuando damos por terminada nuestra visita a la basílica nos preparamos para el plato fuerte del día: la subida a la cúpula.

Subida a la cúpula de San Pedro: una experiencia única

Así como el acceso a la basílica es gratis, para la cúpula hay que pagar. Os aseguramos que merece totalmente la pena pagar los 8€ que cuesta. Tanto las vistas de Roma que se tienen desde lo alto como la aventura que supone llegar hasta allí arriba lo valen. El precio que os hemos dicho incluye subir el primer tramo del recorrido en ascensor y luego seguir a pie los 320 escalones restantes. Si preferís ahorrar un par de euros podéis subir a pie los 551 escalones que hay en total. Pero en vista del poco ahorro que supone, creemos que no merece la pena el esfuerzo extra y es mejor tomar el ascensor. Una vez dentro de la basílica tan solo tendréis que buscar los carteles en los que se lee Cupola para encontrar en inicio de la cola y la taquilla donde comprar la entrada.

Hay que hacer un poco de cola para subir a la cúpula. Teniendo en cuenta lo reducido del espacio, es totalmente comprensible. Llega nuestro turno y tras bajar del ascensor nos encontramos justo en la base de la cúpula. Aquí empiezan las estrechas escaleras que llevan hasta arriba, pero antes hacemos una parada en la terraza exterior para disfrutar de las vistas. En esta terraza se encuentran las estatuas de los apóstoles que decoran la parte superior de la fachada de la basílica. También hay baños e incluso una tienda de souvenirs, así que parece el lugar perfecto para hacer un pequeño descanso antes de iniciar el ascenso propiamente dicho.

Un espacio no apto para claustrofóbicos pero con una gran recompensa al final

Y ahora sí que empieza lo bueno. Un estrecho balcón en la base de la cúpula nos permite admirarla desde lo más cerca posible. No nos podemos quedar tanto rato como nos gustaría para no entorpecer el paso de los demás visitantes. Pero poder admirar con detenimiento todos los detalles que la decoran es uno de los puntos fuertes de esta visita.

Desde aquí accedemos al tramo final de escaleras que nos va a conducir al mirador que hay en lo alto de la cúpula. Si sois claustrofóbicos es mejor que os lo penséis dos veces antes de empezar a subir. El espacio es realmente estrecho y en algunos momentos puede ser un poco agobiante. Sin embargo, también es una experiencia muy divertida, especialmente a medida que la escalera se va curvando para adaptarse a la forma de la cúpula.

En realidad estamos subiendo por el hueco que queda entre la pared real de la cúpula y la pared exterior. Desde un punto de vista físico la subida no es excesivamente exigente. Es normal que haya parones repentinos que permiten ir descansando, pero el ascenso es relativamente rápido y entretenido.

Y cuando salimos al exterior y nos asomamos para contemplar las vistas nos damos cuenta de que cualquier esfuerzo ha merecido totalmente la pena. El panorama es impresionante. Tenemos a nuestros pies la plaza de San Pedro, que desde las alturas nos muestra toda su belleza. Al fondo podemos contemplar Castel Sant’Angelo y el río Tíber, pero sin duda la plaza se lleva toda nuestra atención. No sabemos cuanto rato pasamos admirando las vistas, pero finalmente decidimos que ha llegado el momento de volver a tierra firme y emprendemos en camino de bajada.

Los llamativos uniformes de la Guardia Suiza

Cuando ya hemos salido al exterior de la basílica, dispuestos a marcharnos, nos topamos con dos miembros de la Guardia Suiza con sus peculiares uniformes de colores chillones. Los pobres aguantan estoicamente, sin apenas pestañear siquiera, mientras la gente les saca fotos. La Guardia Suiza es el ejército más pequeño del mundo. Sus funciones son velar por la seguridad del Papa y la Santa Sede. No sabemos si con esos ropajes serán muy eficientes como soldados, pero como atracción turística no tienen desperdicio.

Castel Sant’Angelo: una fortaleza circular junto al Tíber

Abandonamos la Ciudad del Vaticano y tomamos la Via della Conciliazione rumbo al cercano Castel Sant’Angelo. Este castillo circular fue construido originalmente como mausoleo para el emperador Adriano allá por el año 138 dC. Posteriormente, en el siglo V, fue reconvertido en fortaleza. Entonces comenzó a usarse como prisión y como refugio para el Papa en caso de asedio al Vaticano. De hecho, ambos están comunicados por un paso elevado llamado Pasetto di Borgo que, a modo de muralla almenada, circula en paralelo a la Via dei Corredori y Borgo Sant’Angelo.

Sobre Castel Sant’Angelo no os podemos decir mucho más. Optamos por ahorrarnos la visita al interior, ya que en más de un sitio leímos que no merece mucho la pena. Si el precio de la entrada fuera algo más económico (cuesta 14€ por persona) igual lo hubiéramos hecho. No obstante, nos conformamos con admirarlo desde el exterior.

Ponte Sant’Angelo: el puente más bonito de Roma

Las mejores vistas del castillo se tienen desde el Ponte Sant’Angelo, quizá el más bonito de Roma. Está flanqueado por diez estatuas de ángeles siguiendo el diseño original de Bernini. Él mismo es el autor de dos de esos ángeles. Son el de la corona de espinas y el de la inscripción INRI. Los que lucen hoy en el puente son reproducciones ya que los originales se encuentran en la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte. Pero eso no les quita ni una pizca de belleza, os lo aseguramos.

Este puente es peatonal y suele estar muy frecuentado por vendedores ambulantes de todo tipo. No dudamos en comprar una bonita acuarela que luce hoy en el salón de casa y nos recuerda este día cada vez que la vemos.

Con este post sobre nuestra visita al Vaticano y Castel Sant’Angelo damos por concluido nuestro viaje a Roma. Nos dejamos muchas cosas pendientes y sin duda regresaremos para conocer más a fondo una ciudad que, a pesar de darnos una primera impresión un tanto contradictoria, ha terminado por convertirse en una de nuestras preferidas.

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